sábado, 11 de marzo de 2017

Yo, Daniel Blake de Ken Loach

Ken Loach, a sus 80 años, sigue mostrándonos, a través de sus películas, a esos personajes que intentan sobrevivir dentro de una atroz maquinaria social que parece creada para enseñarse con ellos, esos perdedores condenados a resistir, hasta perecer. Como Daniel Blake, un carpintero que ha estado trabajando toda su vida hasta que un infarto lo lanza a ese sumidero burocrático poblado por funcionarios deshumanizados que le niegan que esté enfermo, a pesar de todos los informes médicos, su derecho al paro, su derecho finalmente a la dignidad y al respeto que los mismos medios concebidos para proteger al ciudadano le rebaten, una y otra vez. Hasta el fatal desenlace, Daniel Blake se pasea por el desolado paisaje de los poligonos industriales en busca de un empleo que no existe, por el banco de alimentos, por delante de una pantalla de ordenador perdido en un mundo digital que ignora, pero sacando fuerzas para una solidaridad necesaria, acompañando y ayudando a una mujer y a sus hijos, a su vez victimas de un sistema que acorrala, aplasta a los más desamparados: la mujer deberá dedicarse a la prostitución, para que sobrevivan sus dos hijos.  Lejos del discurso reivindicativo o de secuencias moralizantes, las pequeñas escenas del film transcurren como una crónica documental de la miseria moral y de esa épica diaria que derrocha el protagonista en su ejercicio de supervivencia constante. Se nos muestra, junto al reverso más patético y feroz de la realidad, las emociones a flor de piel de unos héroes condenados a ser devorados por una sociedad que no está dispuesta a admitir que la misma está poblada por hombres, mujeres y niños abandonados, literalmente, por el Estado y a los que la justicia a su vez ignora, todos ahogados por la más siniestra burocracia que desea impedir, a toda costa, que tengamos mala conciencia de nosotros mismos. Daniel Blake es símbolo de esos tantos y tantos desamparados que el Estado de Bienestar desprecia. Y es también un triste poema a la dignidad, al respeto de todas las personas, ese respeto que el protagonista sigue exigiendo incluso cuando ya ha fallecido y con el que se cierra este ejemplo necesario de cine que reivindica a todos los desfavorecidos y los estafados, los suburbios en este caso de Inglaterra y de Escocia, retratando con veracidad y realismo el sufrimiento de los perdedores, su cotidiana y épica lucha frente a una sociedad que les vuelve la espalda. Un cine imprescindible dispuesto a despertar conciencias y un Ken Loach en plena forma que, esperemos, siga denunciando tanta injusticia en el mundo. Una injusticia de la que todos somos cómplices y víctimas, al mismo tiempo. Cómplices en nuestro silencio, nuestra hipocresía; víctimas en nuestra resignación diaria ante una compleja realidad inventada por todos. Que alguien, como Loach, sea capaz de levantar la voz e incomodarnos, en nuestro cómodo sofá, es motivo más que suficiente para que no nos perdamos esta magnífica película. 
 

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