martes, 21 de marzo de 2017

Tiempo de amar, tiempo de morir, de Douglas Sirk

Es inevitable volver a Sirk; el melodrama, en manos del director de Escrito sobre el viento, marca el destino trágico, inexorable de los personajes con profundos trazos psicológicos, en una sucesión de escenas que parecen trazadas con un compás, tal es el perfecto trazo en el estilo, inconfundible, de este famoso cineasta, heredero a su vez de las claves de la tragedia griega teñida de un profundo halo romántico, que une el destino de sus protagonistas. Es el caso de Tiempo de amar, tiempo de morir, inspirado en un relato del célebre escritor Erich Maria Remarque: durante la Segunda Guerra Mundial, un soldado alemán destinado en el frente ruso, obtiene un permiso que le permite regresar durante unos días a su localidad de origen, enfrentándose a un panorama desolador: las bombas han reducido a ruinas su casa, así como a media ciudad. En un escenario escalofriante, donde las sirenas de alarma no dejan de sonar, intenta encontrar una pista sobre sus padres desaparecidos, reencontrado en su búsqueda a toda suerte de personajes que formaron parte de su vida, todo ellos marcados por la tragedia. Uno de esos encuentros, en la persona de una antigua compañera de colegio, permitirá al protagonista (John Gavin) conocer el amor, que se abrirá paso, como una quimera, en un escenario de muerte y desolación en el que los dos amantes, que llegan a casarse, intentarán sobrevivir. El magnífico diseño de producción sitúa a los dos protagonistas intentando abstraerse, a través del amor, de la angustia de una destrucción desoladora, de sus destinos inciertos, amenazados por un tiempo, el de morir, que se cierne inexorablemente en el protagonista, forzado a volver al frente ruso y ser víctima, tras un gesto inútil que le lleva a enfrentarse a uno de los suyos para evitar una matanza, de un disparo de uno de las personas que ha salvado. Mientras agoniza, intenta alcanzar la carta que su mujer le ha escrito, que se aleja de él irremediablemente en la corriente de un rio. Una carta que solo ha podido leer a medidas, donde su mujer le anuncia que van a tener un hijo. Una esperanza de vida que deja atrás para siempre al protagonista, víctima de la desvastación de una Guerra absurda. Uno de las secuencias  más líricas que recuerdo, en el que la desesperanza desborda la pantalla, en una de esas películas antibelicistas imprescindibles que no debemos dejar de ver, filmada por uno de los cineastas más influyentes en la historia del cine. 

   

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