viernes, 24 de marzo de 2017

Perros de paja, de Sam Peckimpah

La famosa y celebrada película de Peckimpah se abre con un plano de los pezones de la actriz Susan George marcados en un suéter. El sexo será determinante en la espiral de violencia en la que se verá envuelta la pareja protagonista, Emmy (Susan George) y David Summers (Dustin Hoffmann), una joven inglesa y un matemático norteamericano en cuanto llegan a un pequeño pueblo de la campiña escocesa. Un pueblo del que es originaria Emmy y en el que David desea encontrar el aislamiento que busca para sus investigaciones. Pronto descubrimos la personalidad de David: entra al bar del pueblo y es testigo de como el viejo Tom, uno de los símbolos masculinos de la localidad, alcoholizado, brutal y sanguinario,  se niega a  abandonar dicho bar cuando el barman anuncia su cierre, destrozando un vaso en la mano de éste, irrumpiendo violentamente tras la barra y sirviéndose a sí mismo. David actúa ante la violencia rechazando y evitando la misma y con un miedo evidente en la magnífica interpretación de Dustin Hoffmann. La convulsa década de los 70 en EEUU  queda reflejada en las preguntas incómodas que dirigen a David los lugareños al respecto y posteriormente, en la incisiva crítica de su esposa: él está en el pueblo escondiéndose de la violencia en EEUU. David es una persona de personalidad débil, incapaz de llamar la atención a los obreros que trabajan para él, cuando Amy descubre que alguien ha dejado ahorcado a su gato dentro de un armario; alguien que es incluso incapaz de satisfacer sexualmente a su mujer, absolutamente frustrada en su matrimonio. Pero que a pesar de todo, se siente superior a los habitantes del lugar, a los que desprecia, desde su rol de culto outsider en un contexto de paletos; una postura moral para esconder su débil personalidad, su cobardía, que estallará, sin embargo, en un violencia desmedida en un celebrado climax final en el que debe defenderse de un asedio a su casa, por varios de esos lugareños, absolutamente ignorante que dos de ellos som responsables de una (ambigua) violación a su mujer días antes y que el tonto del pueblo (David Warner), al que intenta proteger, ha asesinado a una adolescente. La brutal escena de la violación es el resultado de un crescendo continuo de miradas de deseo de los obreros que trabajan en la casa del matrimonio, de la  constante decepción de Emmy para con David, de escenas donde la frustración de todos ellos se acumula, incluida la de Emmy que no duda en mostrarse desnuda ante los obreros, uno de ellos antiguo novio suyo. Será éste el que a golpes, la reduzca y acabe por hacer el amor con ella, venciendo las resistencias iniciales de Amy y evidenciándose que la misma también está gozando sexualmente. Una terrible ambiguedad en Amy y una de las escenas más controvertidas de la película: quizás un deseo reprimido, una frustración vital y sexual acumulada con su marido. Pero la escena aún sigue: otro de los obreros, rifle en mano, obliga con gestos al primero a colocar de espaldas a Amy para sodomizarla a continuación en una violación aún más brutal e inequívoca.
El montaje propuesto por Peckimpach en el asedio a la casa es ejemplar: insertos breves continuos de los personajes, moviéndose dentro y fuera de la casa cercada por la niebla, el rostro de David cuando descubre que su esposa no sólo está dispuesta a ceder al tonto del pueblo que intenta proteger de la horda que lo reclama, sino que además está dispuesta a marcharse con ellos; domina el montaje alterno constante y las escenas de absoluta brutalidad en las que los asediadores van perdiendo la vida, el destrozo de la casa (ventanas que estallan, continuamente, a pedradas) ejemplifica ese estilo visual tan celebrado de Peckimpah: la violencia inunda, desborda la pantalla. David se convierte en uno más de aquellos a los que desprecia: tan violentos o más como cualquiera de ellos, disfrutando además de la absurda muestra de hombría ante su mujer, en un matrimonio definitivamente quebrado al final de la película. Una masculinidad obligada, en una sociedad rural, aislada, tierra de hombres donde la misoginia impera y la mujer es propiedad masculina y símbolo, a su vez, de un liderazgo basado en la testosterona. El liderazgo que alcanza David, tras la orgía de sangre, sin lograr salir de su ignorancia, pero gozando de su nuevo rol, tras dar un ejemplo de masculinidad a su mujer ("perros de paja, he acabado con todos ellos", exclama eufórico) y cumpliendo con su compromiso de detener a los agresores y no perder la propiedad, que en definitiva es su propia vida, sin conciencia de que el único satisfecho con su actuación es él mismo, justo en medio de un reguero de cadáveres.
En el. ideario de Peckimpah, la violencia nunca es gratuita, es la esencia de nosotros mismos y el resultado de nuestro propio comportamiento. Una película magnífica, en la que cabe reseñar las interpretaciones de todo el reparto (cabe preguntarse por qué Susan George, absolutamente espléndida no tuvo una carrera cinematográfica más continuada) y un guión, bastante alejado del original literario de Gordon Williams, absolutamente ejemplar en todos los matices que se suceden en la pantalla. La carrera de Peckimpah, tan sugerente como errada a veces, dada la personalidad desbordante del director y su alcoholismo declarado, se sucedería alternando películas sin interés con otras obras maestras como La Huida, Pat Garret y Billy The Kid y sobre todo, la que quizás sea la película más personal de su director:  Quiero la cabeza de Alfredo García, un ejercicio de estilo al servicio del más contundente de los nihilismos. 

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