lunes, 6 de marzo de 2017

La puerta abierta, de Marina Seresesky

Dos mujeres, un travesti, una niña de madre rusa y una corrala de vecinos. El pequeño universo que plantea esta película quiere transmitirnos el valor de lo fortuito, de las segundas oportunidades y de la necesidad, fundamental, de amar y sentirse amado. La debutante Marina Seresesky (si bien cuenta con algún exitoso corto anterior: La boda) se mueve entre coordenadas que rehuyen la sensiblería sin dejar de mostrar la sórdida realidad de las protagonistas y el mundo de la prostitución al que el destino las ha abocado. Un mundo de absoluta desesperanza que va a cambiar gracias a la manía de una de ellas, Terele Pavez, impresionante en su papel, de dejar siempre la puerta abierta, por la que un nuevo destino se asoma fortuitamente, materializado en una niña. Mientras ese nueva oportunidad vital llega, Carmen Machi, quizás no tan convincente en su papel, hace la calle para que su madre y ella puedan subsistir a diario, en ese patio de vecinos que aboca a la miseria moral de los que lo habitan, condenados a odiarse mutuamente. Todo ello, en una película realizada con muy escasos medios y con una planificación visual, no se sabe si intencionada o no, extremadamente funcional (planos medios, plano/contraplano, ausencia de travellings). Como si la cámara estuviera al servicio de esos rostros inmensos, el de estas dos actrices, que no cesan de reflejar dolor, marginación, desesperanza, en ese universo acotado, metáfora de una prisión sin posible escapatoria.  Cabe matizar que siendo una película bastante fallida en la plasmación visual final de todas estas profundas intenciones, no obstante el tour de force de Carmen Machi y Terele Pavez es tal que al concluir la misma, tenemos esa sensación de dejar atrás a dos personas con la que hemos compartido parte de sus vivencias, tan reales, tan trágicas y en consecuencia, tan convincentes. Y ahí radica el gran mérito de esta pequeña e imperfecta película: sus protagonistas acaban por traspasar la pantalla, más allá de imperfecciones de filmaciones, montaje, algún personaje algo desdibujado como el travesti que interpreta, no obstante de forma muy convincente Asier Etxeandía e incluso unos diálogos a veces algo forzados. Dos mujeres rotas que tras la muerte de una de ellas, un nuevo y mejor destino completará su sorprendente ciclo en la otra, proporcionándole un renacimiento, una segunda vida con el mar de fondo, símbolo de una nueva libertad, de una nueva vida, de esa segunda oportunidad merecida. Por todo ello, una película que debe verse y disfrutar, antes que su escaso recorrido comercial en las salas (se han distribuido escasas copias) la condene a un injusto olvido, a pesar de los premios cosechados. Un Goya a Terele Pavez o Carmen Machi hubiera estado más que merecido y habría supuesto, quizás, una revitalización comercial de la película, pero no pudo ser. Pero no se la pierdan:  muy recomendable.

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