domingo, 26 de marzo de 2017

Cuarteto Garnata: Chorotango y Piazzola

Excelente el viaje musical propuesto por el Cuarteto Garnata: Peter Biely (violín), Josias Caetano (viola), Arnaud Dupont (violoncello) y Elena López (piano). De Brasil a Argentina, el espectáculo propuesto, Chorotango, recrea con una interpretación siempre brillante, la música de Villa-Lobos, Nazareth y el gran Piazzola (con el colorido inserto del Tico - Tico de de Abreu: difícil sustraerse a la imagen onírica de Carmen Miranda, irrumpiendo sobre el escenario). De Piazzola se interpretó Oblivion, La muerte del ángel y Estaciones porteñas y cabe reseñar la maestría y entrega de Peter Biely con su violín, justo en el epicentro sonoro, romántico, sensual y trágico característico de Piazzola, esa armonía disonante, tan criticada por los puristas hace décadas. Piazzola pulió su estilo a base de audacia: conjunción de armonía, ritmos, tempos y contrapuntos convergiendo a una suerte de fuga de influencias barrocas desarrollando una estructura de superposición de temas, buscando la atonalidad basada en los contratiempos, en el contrapunto de varios instrumentos. Oblivión, en este contexto musical, es melancolía, nostalgia, con una parte central en la que el olvido se evidencia vía una melodía nítida y candenciosa. El recuerdo se abre paso y una suerte de placer que parece descubrir la belleza de vivir y sobre todo la consciencia de estar vivo alcanza un clímax que va difuminándose de nuevo en la profunda tristeza que transmiten las notas de Piazzola. El olvido propuesto por el músico argentino es la amnesia de la vida misma: querer olvidar es empeñarse en recordar. La muerte del ángel es una de las composiciones que forman la serie del ángel, quizás la más conocida de ellas. Las tres primeras composiciones de la serie fueron creadas para una obra de teatro de Alberto Rodríguez Muñoz, en la que un ángel visitaba y sanaba a los vecinos de un edificio ubicado en un suburbio de Buenos Aires. Piazzolla impone un clímax enigmático, sentimental, ahondado en una tristeza melódica que conforma una de las composiciones más exquisitas de la historia de la música. Por fin, Las estaciones porteñas no fueron compuestas simultaneámente ni concebidas como una suite. Constituyen la consagración de un estilo, en esa forma singular de converger un pulso rítmico decididamente tanguero con otros procedimientos armónicos y contrapuntísticos asimilados por Piazzola en su periplo europeo, en una suerte de música decididamente descriptiva con sensaciones distintas según la estación. En la Primavera Porteña están presentes la carnalidad y la seducción en una ciudad que revive después del invierno. El equilibrio rítmito y melódico, a partir de un tema fugado deriva a la naturaleza, que despierta, que revive, al compás de todos los instrumentos, tocados al unísono. En definitiva, un maravilloso viaje de una hora hacia el placer de cerrar los ojos, dejándose cubrir por capas y capas de sensibilidad.


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