domingo, 26 de marzo de 2017

Ara Malikian

Ara Malikian está de moda. El armazón de sus espectáculos, invariables, se apoya en una mezcla de más que discutible comicidad (monólogos humorísticos) y las (re)interpretaciones, muy arropado por solistas de cuerda y percusión, de clásicos como Vivaldi, carismáticas piezas del pop y el rock (Led Zeppelin, entre otros) y composiciones propias. Se suceden, de esta manera, sus versiones de Bach, El Verano del citado Vivaldi, La campanella de Paganini, Led Zeppelin y su Kashmir o de David Bowie y su célebre Life on Mars, entre soliloquios a veces insoportables, bien por su desmedida duración o por el escaso ingenio de la propuesta humorística (los cangrejos y su origen extraterrestre). Todo ello, no obstante, servido con una indiscutible despliegue de energía sobre el escenario, una de las señas de identidad de Malikian y que tanto gusta al público: saltos por aquí y por allá, sin dejar de tocar el violín, a veces de rodillas, otras paseándose por el patio de butacas. Entre medias, la historia de su vida: su violín es el protagonista de un viaje que empieza cuando, a los 3 años, el músico lo recibió de su padre; un violín con el que su abuelo logró huir del genocidio armenio en Turquía en 1915 y que le ha acompañado toda su carrera. Las influencias armenias y orientales, constantes durante dos horas,  se hicieron notar especialmente en temas como el de homenaje a su abuelo, en El vals de Kairo, dedicado a su hijo o en el tema centrado en la terrible situación de los refugiados. Buena música sin duda alguna, interpretada irregularmente a lo largo del espectáculo según la complejidad de la pieza, que tiene la virtud de llegar a un público que dificilmente estaría predispuesto, en circunstancias normales, a escuchar durante dos horas a un violín armenio con toda su reminiscencia de mixturas de música de acordes y sonidos de zíngaros y paisajes sonoros árabes, judíos, gitanos, criollos, hispanos, rusos, de Oriente Medio y la India, por más sugerentes que puedan ser los mismos en otro contexto distinto al mestizaje musical propuesto por Malikian. Lo mejor: la presencia de niños en el espectáculo, disfrutando realmente con la discutible propuesta del showman y violinista libanés de origen armenio. Que le dure, el filón que ha encontrado.

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