domingo, 12 de marzo de 2017

Animales nocturnos, de Tom Ford

Es conocido que el famoso diseñador y ocasional director de cine (la exitosa A Single Man, 2009) Tom Ford es un personaje mediático en sí mismo: Gucci, Yves Saint Laurent fueron sus plataformas (sin duda controvertidas) al firmamento exclusivo de los diseñadores de élite. A lo largo de su carrera, Ford ha sido reconocido por importantes consejos culturales y de diseño de todo el mundo y la propia revista Times. No es extraño que, Susan, la protagonista de Animales nocturnos (una magnífica Amy Adams), sea, en su contexto profesional, una especie de alter ego de Ford, marchante de arte moderno y miembro de un universo de absoluto elitismo que, igual que el mundo de la moda, en la película se representa falso, frívolo y superficial, un mundo nihilista que refleja eficazmente la personalidad de una protagonista (un cambio sustancial respecto a la novela original, en la que la protagonista es una simple ama de casa) que recibe de su primer marido (Jake Gyllenhaal) el manuscrito de una novela cuya lectura la va situando, progresivamente, en tres planos paralelos: su pasado, a traves de diversos flash backs, su presente, reducido a una existencia lujosa y absolutamente infeliz y la recreación de la novela que lee, un atroz episodio de muerte y venganza, situado en carreteras perdidas y encarnado en un desgraciado protagonista al que Susan imagina con el rostro de su primer marido.  En una suerte de metalenguaje onírico que hubiera agradado a Borges, Susan recuerda sus primeros momentos con el escritor, el romanticismo de la relación, sustituido enseguida por toda suerte de diferencias en las que el futuro o la ausencia del mismo en la concepción que Susan, influenciada por su madre, comienza a tener de su marido, la de un simple fracasado, deteriora por completo la relación. Mientras recuerda su pasado y lee, su existencia actual queda eficazmente trazada visualmente: extraviada en estancias de diseño,  una lujosa y enorme casa, un marido que la engaña sin apenas disimulo. Duerme, se baña y lee, carente de una vida propia e inconsciente de que su vacua existencia se reduce a vivir rodeada de lujo; las emociones que el libro de su primer marido le van transmitiendo: miedo, amor, incertidumbre, caos, muerte y un deseo inevitable de venganza son detonantes de un despertar de las propias emociones de Susan, enterradas por tantas decisiones equivocadas en su vida, incluido el aborto del hijo de su primer marido y a espaldas de éste, cuando ya ha iniciado relaciones con el que será su nuevo marido. Sin embargo, es incapaz de comprender que la atroz historia que se narra en el libro, que se salda con una venganza y un suicidio está articulada en ella misma: a sentirse aún más sola y fracasada, en un restaurante mientras espera inútilmente, la llega de su primer marido, en su nueva conciencia de mujer que consciente que su vida ha sido un error, ha olvidado también lo que significa sentirse viva: ella ha sido, finalmente, el objeto de venganza. Un magnífico montaje alterno, con tempos narrativos muy precisos, logran transmitir al espectador toda esta zozobra existencial planteada originalmente en el libro de Austin Wright en el que se basa. El único problema en la película es el actor Jake Gyllenhaal, no muy a la altura de la complejidad de los dos personajes que interpreta. Por lo demás, una película excelente, que ha dividido a la crítica especializada y que acusa, sin duda, la enorme influencia del cineasta Douglas Sirk en la profunda caracterización psicológica de sus personajes, sobre todo a través de Susan, que Amy Adams recrea a través de gestos pero sobre todo miradas que ahondan en todo ese cúmulo de sensaciones, entre la conmoción, el dramatismo, la emotividad, la exaltación, el suspense que se contagian a toda la película, cúmulos de emociones recreados metafóricamente, cabe recordar, en los minutos iniciales de la película, vía una mujer monstruosa pero al mismo tiempo fascinante visualmente. Cine clásico al servicio de un melodrama intemporal.

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