sábado, 4 de marzo de 2017

A contracorriente

"Quiero ser yo mismo, no quiero ser lo que los otros quieren que yo sea", pronuncia decidido el hombre, mientras sus pasos se pierden por la acera. Habla consigo mismo, resistiéndose a abrir el paraguas en una tarde desapacible, convenciéndose a sí mismo que su decisión, difícil, quizás insoportable entre tantas miradas esclavas, es el vehículo para el mejor de los propósitos: seguir conservando el alma. Las leves gotas de lluvia le traen una suerte de consuelo sensual: decide dejar de apretar los puños e intenta aminorar el paso, disfrutar, si ello es posible, de un paseo que le libere de angustias acumuladas. Rememora, entre escaparates que incitan al consumo, su adolescencia en bicicleta, mientras soñaba con un destino glorioso, pedaleando sin cansarse y transportando un libro de Boris Vian y un bocadillo, rumbo a alguna playa. Veranos repletos de futuro e inviernos abundantes en materias, asignaturas, aliviados por aquellos primeros amores que siempre parecían distintos. Estudiar, soñar, trabajar, amar, seguir soñando en un ciclo vital que se completara y que al fin, le cubriera de dicha, de bienestar, solo para descubrir que la verdadera felicidad no se encuentra a nuestro alrededor, sino que es fruto de uno mismo. "Como la arcilla que moldeamos; la obra de arte es fruto no sólo de una técnica: es resultado, sobre todo de una pasión", recita ya en el ascensor. Se tumba en el sofá, enciende el ordenador y sus pensamientos vagan de nuevo por el pasado, reciente y lejano, incapaz de ubicarse en el mundo digital. Desde la ventana, los transeuntes se asemejan a corredores de fondo: todo el mundo parece tener mucha prisa, salvo un individuo extraño que habla solo y deshace sus pasos continuamente. alguien a contracorriente, sin duda un pobre loco. "Y ése es el problema: si no eres uno de ellos, es que estás contra ellos", se sugiere a sí mismo, deleitándose con un bombon de licor. La decisión, siente, se ha completado y su conciencia se ha relajado: si hay que ser un profesional ajeno a influencias, a costa de parecer un loco, optará por representar ese papel, si ello le permite ser la persona que siempre ha querido ser: alguien, desde siempre, hecho a sí mismo, rehuyendo el pensamiento único, las reglas, los dogmas que careciendo de sentido, intentan convertirnos en soldados disciplinados. No, definitivamente ése no es el camino, por más que no pocos regimientos marquen a diario un sincronizado paso de la oca, todos formados por personas con la mejor opinión de sí mismos. "No, francamente no; soy mucho más que uno de tantos, al servicio de unos pocos, aún a riesgo de ser el único", apostilla para sí. Y de repente, una sensación de bienestar le invade. Quizás la felicidad, quién sabe; probablemente, la satisfacción de sentirse, a pesar de todo, apreciado por unos pocos que a su vez, decidieron un día, como él ahora, seguir moldeando, con pasión, una arcilla cuyo resultado final es, debe ser siempre, impredicible. "No hay nada escrito", por más que nos repitan lo contrario a diario. El hombre se desnuda por completo, engulle otro bombóm de licor y baila consigo mismo, encima de una mullida alfombra, al son de las notas de Pyramid de Duke Ellington.

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