domingo, 12 de febrero de 2017

Sing Street (2016), de John Carney

El mejor cine es el que tiene la virtud de emocionar al espectador. Y emoción es lo que derrocha, durante todo su metraje, Sing Street, de John Carney, director aupado en Sundance en su primera y anterior película, Once y consagrado con esta película, Oscar a la mejor canción original en el año de su estreno. Una historia de superación personal en un escenario que se vuelve contra el protagonista, ferozmente: la crisis económica que golpea a Irlanda y de la que no escapa la familia protagonista, un siniestro escenario en el nuevo colegio público del que es víctima, los padres que discuten a diario hasta decidir separarse, un hermano que se ha abandonado por completo al fracaso... La música ayudará a Brendan, magníficamente interpretado por el actor Ferdia Walsh-Peelo, a superar este vía crucis, descubriendo el amor y trazándose a sí mismo un objetivo vital que le permita dejar atrás un escenario en el que parece reinar exclusivamente el fracaso y la desesperanza. Todo a ritmo de la música ochentera y las creaciones propias que Brendan y su grupo van perfilando, según influencias de los músicos que van descubriendo y de las propias vivencias personales del protagonista. Bien lejos de cualquier moralismo o de intención de crítica social, el film se sustenta en las genuinas emociones de Brendan, en la vitalidad que transmiten sus experiencias, sus deseos y frustraciones; en su encuentro con el amor, en la superación de sus adversidades, en su capacidad para hablar de su sentimientos a través de las (magníficas) canciones que completan la banda sonora del film. Imposible, realmente, gracias al magistral pulso narrativo del director, no sentirse identificado con alguien que reune fuerzas y voluntad para superarse a sí mismo, a las circunstancias que lo rodean y que busca el amor y el futuro en un horizonte incierto y abundante en dificultades (esa metáfora visual, cuando un barco corta el paso de los protagonistas), pero al que mira de frente, depositando ilusiones y esperanzas, reflejado en ese plano final del rostro del actor Ferdia Walsh-Peelo, con el que se cierra la película. Una película sencilla, magníficamente dirigida que supedita la simplicidad narrativa al contenido de una historia conmovedora que constituye una lección de vida, una apuesta por la importancia de tomar decisiones y creer en ellas. Muy recomendable.

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