miércoles, 8 de febrero de 2017

Siempre Hitchcock

He vuelto a visionar, distanciadas en el tiempo, Marnie la ladrona y El hombre que sabia demasiado (versión 1956), dos de las grandes películas de la filmografía de Alfred Hitcock. Es inevitable regresar a Hitcock, periódicamente y el reencuentro es siempre un gran placer, por más que, como en mi caso, se hayan visionado todas sus películas. Absurdo detenerse en elementos críticos y semióticos de estas dos conocidas películas, analizadas y referenciadas hasta la saciedad. Sin embargo, imposible no volver a reseñar toda la sexualidad latente de la primera y ese primer beso entre la pareja protagonista (Sean Connery y Tippi Hedren), con un travelling de acercamiento antológico. En la segunda, es bien conocido el Macguffin: una trama de espionaje internacional cuyo objetivo es asesinar al primer ministro inglés y la búsqueda de su hijo por el matrimonio  MacKenna (James Stewart y Doris Day) que desemboca en una más que celebrada escena, realizada con la precisión de un compás, sin diálogos, en el  Royal Albert Hall de Londres. En las dos, la música de Bernard Herrmann funciona como un elemento dramático imprescindible, subrayando las tramas y las situaciones. Un gozo cinematográfico, en definitiva. sin herederos directos en estas lecciones de cine que Hitchcock nos brindó en todas sus películas, salvo las de la última parte de su filmografía, que no estuvieron, quizás por razones de edad, a la altura del resto. Tengo también en reserva, quizás las vea en verano, las primeras temporadas de su famosa serie televisiva, Alfred Hitchcock presenta, ejercicios de estilo cada uno de sus capítulos. Mientras tanto, estoy seguro que me entregaré al placer de la semiótica con Rebeca, por ejemplo (¿cómo no reencontrarse con esa ama de llaves siniestra y de reminiscencias lesbicas?) o quizás también, a lo largo de los meses, con esa otra en la que Cary Grant huye desesperado de una avioneta asesina al ritmo, de nuevo, de una de las partituras más celebres de Herrmann. Todo un legado cinematográfico que es al mismo tiempo una lección magistral de cine, analizado en Conversaciones con Hitchcock, de Truffaut, un libro que se reedita constantemente por motivos obvios. Un legado, como he comentado, sin herederos directos, por más que Brian de Palma en su filmografía haya hecho constantes ejercicios de estilo con una influencia indiscutible de Hitchcock en muchas de sus películas. Y lo cierto es que la mayoría de los nuevos cineastas, visto lo visto en las pantallas, deberían acudir a las fuentes imprescindibles del cine, si quieren hacer buenas películas. Hitchcock es una de esas referencias ineludibles, gracias, cabe recordar, al buen trabajo de Cahiers du Cinema, en su tiempo (el propio Truffaut y Claude Chabrol, entre otros), que hicieron notar, ante la critica mundial que el cineasta era bastante más que el autor comercial  que todos creían, reivindicando su filmografía como obra de autor. Cegueras de la crítica especializada ante el autor de la famosa escena de la ducha en el hotel de Norman Bates. No lo duden, disfruten de las películas del genial cineasta.

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