viernes, 17 de febrero de 2017

Que Dios nos perdone, de Rodrigo Sorogoyen

Un thriller premeditadamente oscuro, social, descorazonador y atroz. No hay abundancia, en el cine español, de asesinos en serie; uno de los mas antológicos lo interpretó Vicente Parra en La semana del asesino, de Eloy de la Iglesia, película muy olvidada y masacrada por la censura de la época. El que nos ocupa en esta película surge como subtexto en una película situada en un espacio y tiempo concretos, reflejo de una soledad y amargura social necesitada de cambios (los movimientos del 11 M), de violencia socializada por los medios de comunicación  y sobre todo, signo estilistico de la película, de cochambre, de inmundicia física (contenedores repletos de basura, viviendas decrépitas...), así como una decrepitud moral que está presente en todos los personajes de la película. El personaje del magnífico Antonio de la Torre vive una vida vacía, que solo cobra sentido con su trabajo. Su compañero, interpretado por Roberto Álamo, a su vez, ha quedado reducido a un personaje frustrado y violento, que no supera el fracaso de su matrimonio. Como marionetas, se mueven por un Madrid que parece imaginado por Céline, a la búsqueda de un criminal que asesina y viola ancianas, que tardaremos en ver y visualizar uno de sus horrendos crímenes. Todas sus acciones poco tienen que ver con un Dios que parece haber dejado de existir en una sociedad donde reina el neoliberalismo económico, a pesar de la visita del Papa a Madrid. Por el camino, todo un ejercicio de estilo, cámara en mano los dos primeros tercios de la película y un cambio drástico a plano fijo cuando el rostro del asesino se materializa ante el espectador, logrando una profundización psicológica en todos los personajes que evitando cualquier moralina se muestran como lo que son: personajes víctimas de sí mismos; en el caso del asesino, de sus experiencias traumáticas; en el caso de los dos policías, del vacío vital que caracteriza la vida de ambos. Un ejemplo de thriller que como en los tiempos de Hammet, cobra aún más sentido en sus parámetros sociales e históricos, explícitos en la película, realizado con compás y un ejercicio de estilo absolutamente loable, incluido el anticlimax, tres años después de los hechos con el que finaliza el fim. A destacar además, ya se ha comentado, la muy compleja caracterización de Antonio de la Torre y la música de Olivier Arson, al servicio de un dramatismo incesante. 

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