martes, 28 de febrero de 2017

Hasta el último hombre, de Mel Gibson

Desmond Thomas Doss (7 de febrero de 1919–23 de marzo de 2006) fue el primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor por actos heroícos del ejército de EEUU. Soldado raso de infantería, asignado al destacamento médico,  en mayo de 1945, participó en el asalto anfibio de los aliados a la isla de Ryukyu de Okinawa, junto a un batallón de marines enviado a tomar una posición japonesa sobre un acantilado de 120 metros. Al llegar a la cima, los hechos históricos dan fe de una cruenta, atroz carnicería que Mel Gibson recrea con un realismo visual necesariamente horrendo y gore. La primera vez que se contempló de forma explícita, en una película comercial la carnicería salvaje y sanguinaria de un conflicto bélico fue en Salvar al soldado Ryan y Gibson parece coger el testigo  estilístico de Spielberg mostrándonos, durante gran parte del metraje de Hasta el útlimo hombre, categoricamente, cuerpos despedazados, destrozados, por bombas y metralla; cabezas que explosionan, miembros que saltan por los aires, entre la mirada de horror de un elenco protagonista excelente, encabezado por el actor Andrew Garfield, cuya interpretación logra dotar a su personaje de esa mezcla de ingenuidad, fragilidad, horror pero también de determinación: en retirada desesperada de su batallón, él se queda para socorrer, durante toda la noche, a todos los supervivientes que se va encontrando, para arrastrarlos hasta el acantilado y hacer descender a los mismos mediante cuerdas. Logró, hora tras hora, escondiéndose de unos japoneses que recorrían toda la zona de batalla para rematar a los que aún no hubieran muerto, salvar así la vida a 75 soldados, según las crónicas. Todo ello se recrea en la película, contangiando al espectador de una angustia sólo posible en una situación como la que vivió Desmond Thomas, en una planificación de secuencias y montaje propios de una narrativa de cine clásico, cabe recordar, salvando todas las distancias Sargento York, de Howard Hawks: descripción del personaje, su (desafortunado) entorno familiar, el amor, la guerra, su llegada al ejército y su postura inquebrantable para desesperación de los mandos de no tocar un arma, en una narración muy fluida, articulada en constantes planos medios, muy trabajados visualmente y unos diálogos construidos a la medida  de la descripción psicológica de este complejo personaje. De ahí, directamente, Gibson sitúa al protagonista en la masacre de Ryukyu, que centra gran parte del metraje de la película, sin dejar respiro al espectador: el objetivo es llegar a la esencia atroz de lo que significa un conflicto armado y sus consecuencias en los hombres; físicas y morales, en un escenario donde exclusivamente la locura, la sinrazón y la sangre parecen tener lugar, con las mismas tesis que Samuel Fuller proponía en Uno rojo, división de choque. Un escenario del que surge el heroismo o quizás la locura heroíca de alguien que parece querer demostrar al mundo que no es un cobarde, sólo un objetor de conciencia. O quizás un loco heroico. Una ambiguedad calculada,  en la película, que Gibson oferta al espectador, en esta notable película, obsequiándonos en sus minutos finales con filmaciones y declaraciones del verdadero  Desmond Thomas, en su ocaso vital, rememorando su papel en aquel atroz episodio de la Guerra, uno de tantos. Muy recomendable.

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