miércoles, 22 de febrero de 2017

Elle, de Paul Verhoeven

La protagonista, de nuevo una impresionante Isabelle Huppert, está incapacitada para amar. Tanto ella como los demás personajes de Elle: el deseo es el motor vital, lo único importante para todos ellos, en un planteamiento de un universo de absoluta gelidez emocional  donde la moral no tiene lugar. Por el contrario, los personajes planteados por Verhoeven viven entregados a dichos deseos y a un nihilismo vital desconcertante, no exento de un morbo que deja de ser tal cuando la protagonista simplemente, ha acabado por socializar el deseo, convirtiéndose en cotidiano. Cuando descubre a su violador, lejos de denunciarlo, lo busca, lo acosa, para que vuelva a violarla lo más salvajemente posible: de la violación brutal, al placer de la brutalidad. Al mismo tiempo, el violador le contesta que la violó "porque lo necesitaba". Cuando le confiesa a su amante que no puede acostarse con él porque acaban de violarla, éste, lejos de inmutarse, le pide que le masturbe. El trabajo de la protagonista es dinamizar el trabajo de una empresa de software dedicados a videojuegos con un alto componente erótico. Cuando descubre al empleado que ha distribuido una animación sexual con su rostro, le obliga a bajarse los pantalones: de nuevo, el placer de la venganza es sexual. Y un arma vital contra el tedio y el paso del tiempo: Verhoeven no duda en mostrarnos el cuerpo desnudo, sin duda envejecido de una protagonista que es evidente que jamás piensa en ello y que durante todo el metraje, jamás vive un solo tiempo muerto. Por el contrario, incluso en una fiesta la protagonsita confiesa a su mejor amiga que se está acostando con su marido "simplemente para follar". En definitiva, un universo muy al gusto del famoso director, en una de sus películas más personales, alejado de la estela de los grandes estudios de Hollywood. Un Verhoeven desbocado que por momentos parece cuanto menos tangencialmente, acercarse al universo de Zulawski, si bien planteando unos protagonistas que jamás podrán sufrir o que quizás lo hicieron excesivamente en su momento: el pasado terrible de la protagonista, a través de la figura de un terrible padre pederasta es la única explicación que nos facilita Verhoeven, quizás para que los espectadores podamos encontrar un asidero, una explicación, a una personalidad, la de Elle, que se nos antoja tan inalcanzable como incomprensible, tan enigmática como definitivamente inexplicable. Pero así era, cabe recordar, el prototipo de mujer interpretado por Sharon Stone en aquel exitoso Instinto Básico: otra mujer entregada a sus deseos y utilizando su cuerpo y su inteligencia para conseguirlos. O, cabe recordar también, la protagonista de Los señores del acero,  olvidada película, muy recomendable, en la que Jennifer Jason Leigh lograba sobrevivir en un mundo de hombres utilizando un cuerpo completametne desinhibido. El sexo, que sería la tesis de Verhoeven, en la mujer, es en el caso de Elle, más que la materialización del deseo vital, una forma de existencia. En los otros dos personajes mencionados, una herramienta para conseguir otros fines. Pero sexo, al fin y al cabo, bien como herramienta, bien como forma de vida y en el caso de Elle, impregnando todas las secuencias de esta difícil y magnífica película. 

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