martes, 28 de febrero de 2017

Cielo sobre Berlín, de Win Wenders

En 1987 Wenders estrena esta aclamada película, contando en la parte técnica con el famoso director de fotografía Henri Alekan y en el guión, entre otros, con el dramaturgo Peter Handke. Damiel (Bruno Ganz) es un ángel que vaga por el cielo de la ciudad de Berlín, con frecuencia acompañado por el también ángel Cassiel  (Otto Sander) y a veces solo, entregado a los pensamientos de las personas,  consolándolas, guiándolas y procurándoles consuelo, cuando están dolidas. Desde el principio de la película, Damiel está interesado en experimentar la vida terrenal, interés que se convierte en anhelo cuando conoce a una trapecista de circo, Marion (Solveig Dommartin) y se enamora de la melancolía de ésta, su arte con el trapecio y su físico. Un poema de Handke se reitera, en off, durante la película (Cuando el niño era niño), con variaciones a lo largo del metraje, proporcionando a sus personajes una suerte de conciencia abstracta que se extiende a la propia ciudad, un Berlín cuya fisonomía se traza por los viajes de Damiel por el cielo, contribuyendo en su conjunción a ese lirismo constante que caracteriza la película y transmitiendo con la cadencia propia de la poesía las inquietudes, filosóficas, existenciales de un protagonista que expresa, en su proceso de humanización, a su compañero Cassiel que Observar no es mirar hacia abajo, sino al nivel de los ojos. Marion, la trapecista, sueña con Damiel y repite los versos del poema como el eco de unas inquietudes que crecen en su interior y que comparte con el protagonista. Un poema que invoca a la pureza de la infancia (los niños son capaces de ver a los ángeles, a diferencia de los adultos), pero también a la necesidad de la dimensión material de la vida, mezclándose con los monólogos que un inmortal Homero (Curt Bois) recita para sí mismo, siempre acompañado del ángel Cassiel: Si la humanidad pierde algún día su narrador, habrá perdido también su infancia, expresa con melancolía y nostalgia, rememorando una suerte de conciencia global que se creaba y se transmitia a través de oradores rodeado de un círculo de personas, transmutadas en esa metáfora del conocimiento que es la Biblioteca Estatal de Berlín, morada de ángeles, filósofos y otros albaceas del saber que parecen compartir la sensibilidad que genera la consciencia, la razón. Una sabiduría, siempre desde el punto de vista de los ángeles protagonistas, enmarcada en un preciosista blanco y negro, que corre el riesgo de perderse y a la que quiere acceder Damiel. Cuando lo logra, el color inunda la pantalla, así como un optimismo, paralelo a las sensaciones del protagonista, que quiere transmitirnos la esencia de una vida que comienza (el protagonista renace, encarnado en su material esencia humana) y que se entrega a ella, precisamente, con los ojos de un niño: el primer café, el descubrimiento de los colores, la primera ropa propia que luce y sobre todo, el encuentro con Marion, dejando atrás el lirismo abstracto de una preciosista música que invoca a las bandas sonoras constantes del cine mudo e infiriendo asímismo a los pasajes del mundo espiritual un halo ancestral y antiguo y reemplazandola por los versos musicales de Nick Cave, en dos conciertos de éste ubicados en locales con evidentes referencias a  La Caverna de Platón. Los protagonistas alcanzan el conocimiento conjuntamente, al conocerse y salir, escapar, de sí mismos. Como quizás lo hizo antes Peter Falk, otro de los protagonistas de la película, en un ejercicio de metalenguaje, que encarna a su vez otro ángel caido que sigue percibiendo a los ángeles y que estrecha, simbólicamente, la mano de Damiel, cuando éste aún no ha alcanzado su naturaleza humana. Vivir es consustancial a la materialidad del conocimiento, sin que jamás dejemos de lado al mismo, parece sugerirnos Wenders y Handke en este poema visual, repleto de lirismo, sensibilidad y finalmente, vitalidad en la escena final de Damiel y Marion, donde el círculo que traza la trapecista es metáfora de un camino, el del conocimiento, al que nos invita la película a que recorramos. Espléndida película, tuvo su continuación en Tan lejos, Tan cerca, si bien con una recepción más tibia. El círculo poético y de conocimiento de los protagonistas, ya se había cerrado, magistralmente, en Cielo sobre Berlín.

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