martes, 17 de enero de 2017

Nadie conoce a nadie

Otra niña que se suicida y otra vez el ceremonial de despropósitos en los que todos los responsables educativos evitan reflejarse: ni el centro educativo, ni la administración educativa. Para todos ellos, sus actuaciones fueron poco menos que ejemplares y cabe concluir, en consecuencia, que la niña que decidió quitarse la vida lo hizo sin motivo alguno; al menos es lo que parece que intentan que creamos. Como esa niña, en el hospital, con magulladuras: no hubo agresión física, a decir del máximo responsable educativo de esa Comunidad Autónoma. Como ese otro niño, que también se suicidó: el Director del centro llegó a declarar que "tenía la conciencia muy tranquila".  En definitiva, no hay agresiones, no hay acoso escolar. No pueden existir, aunque se produzcan. Y por lo tanto no hay víctimas, por más que a todos se nos revuelva el estómago cuando conocemos estas noticias: basta pensar en ellas con el rostro de nuestros propios hijos e hijas e intentar comprender cómo una persona tan jóven considera que ya no tiene nada que hacer en la vida. No, no es esta la sociedad que todos queremos. Ni es este el sistema educativo que deseamos. ¿Protocolos contra el acoso? Parece que muchos y abundantes. Pero necesitados de mucha más conciencia para aplicarlos y sobre todo de más sensibilidad para situarse allá donde ocurre la tragedia: justo en el epicentro de las sensaciones del niño o de la niña que sufre lo indecible ante el rechazo. Si no es así, el mero hecho de reducir estas tragedias cotidianas a unas meras entrevistas y completar un documento va a dar por resultado la peor colección imaginable de conciencias colectivas porque todos seremos culpables. Unos, por seguir teniendo la conciencia muy tranquila, a pesar de la magnitud de la tragedia; otros, por no reclamar, a gritos si hace falta, a los profesionales de la educación que sean mucho más profesionales en el desarrollo de sus funciones ante niños y niñas desamparados. Y aún otros, los últimos, padres y madres de acosadores metamorfoseados en monstruos, por contribuir a esa metamorfosis. La sociedad que tenemos, cabe recordar, es la que entre todos, hemos construido, para llegar a la triste conclusión que es la que no queremos. Cabría preguntarse, si alguien es capaz de responder, cómo es posible cambiarla para evitar semejantes tragedias, antes de habituarnos a ellas, si acaso ya no lo estamos. Si así fuera, habriamos completado nuestras metamorfosis: en efecto, todos seríamos monstruos cómplices. 

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