sábado, 14 de enero de 2017

Código de silencio

Es el viejo problema de la supervivencia. Sobrevives aceptando las reglas: te vuelves sordo, ciego y las reglas, a cambio, son amables contigo. Si te atreves a seguir manteniendo, contra viento y marea, una convicción moral que consideras más solida que el código de silencio y ceguera impuesta, quizás estés perdido: la cobardía tiene demasiados adeptos que acaban volviéndose orgullosos de ser cobardes: a base de exhibirla, confunden esta condición con una suerte de ética privilegiada que sólo aquellos que se benefician de los supuestos privilegios y parabienes que les otorgan esas reglas inquebrantables, pueden comprender. Así son las reglas: o son veneradas y eres de esa singular élite que han dejado de ser personas o las rechazas, pasando a la condición de ser despreciable, si bien de convicción moral sólida, inquebrantable. Los primeros no podrán dormir, por ser quienes son; los segundos, dormirán a pierna suelta. Aquellos gozaran día a día por ser miembros de esa aristrocracia artificial pero selecta y no recordaran que un día tuvieron alma; éstos, no tendrán nada, salvo a sí mismos y sus circunstancias, fruto de su mero esfuerzo y de la integridad que les caracteriza. Aquellos que se vendieron, beberán a bortones, a diario, vasos repletos de nepotismo. Los que no lo hicieron, se sentirán sedientos y obligados a recorrer el mundo, hasta encontrar, con mucha suerte y aún más perseverancia, tras mucho excarvar, esa fuente que les quite la sed. Pero será su propia fuente, aquella a la que han accedido con sus propias manos, con su esfuerzo personal. Una satisfacción personal que debería ser más que suficiente para afrontar un mundo repleto, colmado, rebosante, sin embargo, de sordos y ciegos. Qué terrible vértigo, pensar que son tantos y el resto, tristemente tan pocos. Pero... !A por ellos, que son pocos y cobardes!", que cantaba Loquillo, si la situación se vuelve, me temo que siempre lo hace, desesperada. Suerte a todos/as los que han decidido seguir viendo y oyendo.Para el resto... me temo que aunque a alguno de ellos les cayera un rayo, como a veces ocurre, afortunadamente con mayor frecuencia, el resto seguiría tan sordo y ciego como siempre.
   

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