miércoles, 7 de diciembre de 2016

Beber del tiempo

Festivos alternos; tan extraña como celebrada semana: el tiempo, sin ataduras laborales, se despliega como un abanico repleto de tiernas promesas. Gozar del sueño, sin duda, una de ellas. Pasear también, si ello es posible entre calles repletas de marabuntas navideñas y vociferios variados que te incitan a consumir. Quizás por ello, aprecio tanto el placer de estar cómodamente en mis casas. Chimenea, en una de ellas, calefacción central en la otra; bienestar, siempre, en ambas. Por razones quizás nostálgicas, quizás culturales, siempre regreso a la infancia por estas fechas y después de mirar, durante años, en diferentes webs esos fuertes marca Comansi que caracterizaron mi niñez, he adquirido una reedición de uno de ellos. Esperaré al día de Reyes, para sacarlo de su caja y disponer por su interior a las figuritas, siempre entrañables y me temo que hoy día muy olvidadas, de indios, soldados y vaqueros. Algún año anterior adquirí la colección, magníficamente conservada y encuadernada de Héroes Modernos, serie C, en la que se alternaban varios personajes del cómic americano, entre ellos Big Ben Bolt; recordaba sus aventuras en esta colección, especialmente las correspondientes a un niño que viviendo en un contexto miserable, se descubre que tiene una aptitudes excepcionales para tocar el piano. Logré recuperar esas viñetas entrañables y unirlas a la amplia colección de cómics y tebeos que conservo, por placer, por supuesto, pero hay que volver, inevitablemente, de nuevo a la nostalgia, que es el motor principal de ese detalle que me reservo para mí mismo y que logro encontrar en alguna web de compra y venta de toda clase de objetos varios. El año que viene intentaré la búsqueda de un juguete de hojalata que siempre recuerdo y creo haber visto alguna vez, en fotografías: un triciclo, conducido por un niño con gorra, estilo Guillermo Brown. Jugué con él innumerables veces, hasta forzar la cuerda que lograba el movimiento de aquel juguete que se movía prodigiosamente rápido y que me hacía inmensamente feliz. Es la realidad: para ser felices, basta con pocas cosas, muy sencillas. Y sobre todo, sentirse felices, condición necesaria para ser realmente felices. Soy feliz, pienso, en mi inmenso sillón, sintiéndome protegido del mundo, mientras escribo. También lo soy mientras me adormezco, viendo una película. Y soy muy feliz cuando logro mis propósitos laborales, día a día. Quizás el colmo de la felicidad, a diario, en mi caso, es desgustar un magnífico plato de cuchara que me prepara mi mujer, por otra parte. Pero, sea como fuere, la felicidad está ahí, en la cotidianeidad; si logramos ser felices a diario, nos convertimos en inmortales, bebemos del tiempo que lejos de transcurrir, nos rodea y acaricia, llevándonos en volandas por la aventura de nuestra propia existencia. Pero la felicidad, ahora que recuerdo, también consiste en el deber cumplido: se me ha olvidado, por completo, sacar la basura y mañana es fiesta. Debo dejar de escribir por hoy y llegar a tiempo al contenedor. Hasta mañana.

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