viernes, 30 de septiembre de 2016

Vanidad entre las vanidades

Hay dos libros magníficos que hablan del vértigo ante aquello que se avecina, que se te viene encima y cuyo resultado es imprevisible. Uno de ellos es El miedo del portero al penalti, de Peter Handke y otro La soledad del corredor de fondo, de John Osborne. Nada que ver, en ningún sentido, un autor con otro, sin que ello haya sido un obstáculo para que el miedo, la soledad y el vértigo sea explorado literariamente para describir la zozobra que siente aquél que se enfrenta con acontecimientos que le superan, a veces en la más absoluta de las soledades, sin ser consciente de ello. Ya lo decía una canción de Mago de Oz, entre otras muchas fuentes: sentirse solo, rodeado de multitudes, es un hecho tan cotidiano como inconsciente: lo vivimos de hecho, a diario y constantemente, hasta habituarnos a estar solos estando acompañados.
Vivir el vértigo de los acontecimientos supone, o bien enajenarnos o bien intentar superar el miedo con lucidez. La experiencia cotidiana parece confirmar que somos muy débiles para con nosotros mismos: mengua la cordura, nuestras actitudes se vuelven irracionales y nos convertimos en kamikazes involuntarios, como si sólo la destrucción apaciguara las circunstancias que vivimos y sobre todo, a nuestros propios demonios interiores, aquellos que se nos antojan invencibles. En una película de John Frankahemier, Orgullo de Estirpe, un hijo decide mostrar a su padre la hombría que se le supone aceptando perder una pierna. Una orgía de sangre y balazos libera a Travis, el protagonista de Taxi Driver, de Scorsese, de sí mismo, de su sus propios miedos, temores, fobias. En Thomas, el impostor, de Jean Cocteau, el protagonista que vive su propia realidad, su propia verdad, acaba muriendo mintiéndose a sí mismo incluso en su propia agonía. En definitiva, preferimos prendernos fuego a nosotros mismos y a lo que nos rodea, antes de encarar esos miedos que avanzan, inexorables, hacia nuestra propia conciencia. En El halcón maltes, de Hammet, los perdedores que persiguen una quimera absoluta, deciden, a pesar del rotundo fracaso cosechado, seguir por el mundo en su búsqueda; no pueden vivir sin seguir creyendo en ella.
Sean los hechos que sean, los que provocan esos miedos, provocados por nosotros mismos o no, cabría preguntarse sobre la fragilidad humana y sobre ese comportamiento autodestructivo cuando la situación a la que nos enfrentamos supone, en el peor de los casos, perdernos a nosotros mismos en aquello que creíamos indestructible. Quizás habíamos soñado tanto con ello y tantas veces, hasta creernos que ese futuro hipotético ya había llegado. Quizás, simplemente, el sueño se ha apoderado de nosotros. De un modo u otro, el miedo nos pierde. Sobre todo, cuando el  escenario lo conforman miles de personas que nos contemplan estupefactas. 

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