miércoles, 21 de septiembre de 2016

Orgullo y frustraciones

Lo peor del orgullo es cuando persistimos en nuestros errores. Es como una espiral, un pozo sin fondo: la persona insiste en seguir cayendo por ese pozo, antes de reaccionar e intentar asir los bordes. El orgullo impide reconocer los errores, corregirlos y en consecuencia, aprender de ellos. Por el contrario, porfiamos para que las personas que son conscientes de dicho error, vía obstinación verbal, acaben desesperando de intentar convencernos de que lo más racional sería cambiar de actitud. En definitiva, el orgullo no sólo nos ciega, sino que además, nos sitúa en un rol esperpéntico que preferimos interpretar, hasta las últimas consecuencias, antes de reconocer nuestros errores. Incluso para con nosotros mismos. El producto final de toda esta sucesión de incongruencias es que acabamos concentrando frustraciones que nos van a impedir ser nosotros mismos y en último extremo, convertirnos en una triste parodia de quiénes fuimos. Veánse el rostro desencajado de toda nuestra clase política, a modo de ejemplo. No es de extrañar que la desafección hacia la política, en su concepto más amplio, esté tan extendida entre la ciudadania. 
Pero como quiera que yo soy una de esos desafectados, de entre tantos, no voy a hablar de política, por más que todo sea política, como dicen muchos. Reflexionaba en el párrafo anterior, a colación de una experiencia vivida recientemente con una persona, en el contexto profesional. Esa persona era, hasta fechas muy recientes, un gran profesional, muy entregado a su trabajo, innovador y todo un coach. Hasta que llegó la política ( o la ideología, o los idearios, o las doctrinas, o... ) y vía teatro de guiñoles, se ha convertido en uno de ellos. Otros son los que tiran de los hilos, de las cuerdas, en un escenario al aire libre en el  que fiel a Valle-Inclán, los personajes son o acaban presentados como meros esperpentos. A pesar del esfuerzo para que comprendiera su mero papel de marioneta, ha seguido representando triste y fielmente el rol  de títere de cachiporra. Sólo hoy, tras hablar con él de nuevo, estando a la vista todas las frustraciones acumuladas
durante estos días, me ha parecido apreciar en él un atisbo mínimo de lucidez. Espero que crezca y rompa esos hilos que otros desean, desesperadamente, seguir moviendo. Estamos en una sociedad en que no pocos colectivos necesitan carnaza que les sirva para la consecución de sus propios intereses. Y sería penoso ver a esta persona, finalmente, una vez utilizada y habiendo recorrido un camino sin posible vuelta atrás, arrumbada en ese almacén de guiñoles que ya han dejado de ser útiles. Dichosa política ( o ideología, o ideario o doctrina o....) que nos convierte en marionetas. No dejemos de ser nosotros mismos, porque en caso contrario podemos convertirnos en un Polichinela cualquiera. 
Gracias por leerme, un saludo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El vitral marino

A escasos metros, el mar embravecido, narrando historias milenarias. Presto atención a relatos que hablan de Ulises, de Simbad pero tambi...