lunes, 12 de septiembre de 2016

Lecturas estivales

Por fín, después de dos años sin disponer de tiempo para ello, el tiempo estival me ha regalado todo un mes de vacaciones que no he dudado en ocupar, al menos parcialmente, entregándome al placer de la lectura, generalmente a orillas del mediterráneo, por la tarde cuando el sol deslumbrante de agosto comenzaba a ceder intensidad. Tuve notables dudas, al principio, para elegir: tantos autores por leer, tantos libros que esperan pacientemente el feliz encuentro, tantas temáticas y géneros. La incertidumbre, paseando por la Biblioteca de Babel, acabó por desaparecer, tras decantarme por leer algunos de esos libros de autores clásicos siempre pendientes y sin embargo, constantemente citados por asesorar todos ellos virtudes indiscutibles, trascendiendo tentaciones absurdas de clasificación literaria, como podría ser el caso de Agatha Christie y El asesinato de Roger Ackroyd, uno de esos libros que leí en dos tardes, sin dejar de mirar, de reojo, los rojos e intensos atardeceres que el cielo me obsequiaba cada uno de
esos días. Entre chapuzón y chapuzón, una trama dinámica, que zarandea  y no deja de crecer, capítulo a capítulo. Impera, en los métodos de Hercules Poirot, más la psicología que la deducción, entregando la autora al lector todo un juego cerebral al servicio de las características de cada uno de los personajes, todos y cada uno potenciales asesinos y de un giro final absolutamente sorprendente que conviene no desvelar. 
De Joseph Conrad pensaba haber leído toda su obra. Pero el hecho de caer en mis manos una edición de sus Cuentos Completos (Editorial Valdemar) me resultó una tentación que no pude resistir. Volví a leer, anhelante, algunos de esos relatos que  impregnan de sensaciones contradictorias el inconsciente: La línea de sombra, La soga al cuello, Tifón, El corazón de las tinieblas... Confieso que tras la lectura de este último, no pude por menos que volver a ver la dilatada escena final de Apocalipsis Now, de Coppola. Ese Kurtz oculto por la fotografía de Vittorio Storaro y con el rostro de Marlon Brando hubiera agradado a Conrad, sin duda. El viaje al horror, en manos del escritor, está lejos de situarse en una recurso descriptivo preciso. Proliferan las continuas alusiones en un pliegue de subtextos que parecen susurrar sugerencias a la imaginación, atrapando al lector en ese juego dual del viaje físico y del definitivo, al alma de los protagonistas. Desaparecen las referencias a los escenarios y emergen los sustratos, los pliegues (al igual que Lovecraft, en toda su obra) que van dando forma a una suerte de atroz descenso hasta la esencia misma del infierno representado por la desesperanza, la locura, el destino de todo aquél que dejó de ser él mismo para intentar convertirse en Dios. Imprescindible.
Paris era una fiesta, de Hemingway, se erige como un ejercicio crespuscular de un escritor que vuelve su mirada y sus pasos a la nostalgia de la juventud bohemia en un Paris abundante de recuerdos, experiencias y sobre todo plenitud creadora, en un proceso de avidez y búsqueda de conocimiento, tan propios del escritor, durante toda su vida. La desmitificación está ausente, salvo en lo que concierne a los protagonistas de la generación perdida que van 
apareciendo en las situaciones que vive Hemingway: Scott Fitzgerald, Ezra Pound, Gertrude Stein... Abunda la magia, más que el realismo, en ese crisol existencial irresistible que es la novela, más que una autobiografía, una proyección a un pasado quizás idealizado, pero esencial para comprender que escribir significa vivir experiencias. No se puede escribir sobre aquello que no se ha vivido.
Mañana hablaré de cine. De películas de cuando el cine era cine, otra de mis grandes pasiones. Gracias por leerme.



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