domingo, 18 de septiembre de 2016

El ayer no se acaba nunca

Algo ocurre en el inconsciente de no pocas personas de edad avanzada, que impregna sus conversaciones de constantes recuerdos del pasado, a modo de recapitulación, de cronología a saltos, incluso de profunda nostalgia, con frecuencia. Somos el resultado de nuestras propias vidas, de decisiones continuas, diarias que nos han enfrentado a continuas experiencias, no pocas frutos del mero azar, que se almacenan en esa biblioteca de Babel que forjan nuestros recuerdos y que acaban moldeando nuestra mirada al mundo, a una realidad siempre subjetiva que no es otra que aquella que forja nuestra propia personalidad. 
El vandaval de recuerdos atropellados me envuelve, inevitablemente, cuando paso algunos días con mi madre y me resulta grato sumergirme en el océano poblado de recuerdos de la propia infancia, que cuando ha transcurrido feliz, como es mi caso, nunca se extingue. Me veo, al hilo de las conversaciones que van surgiendo, en bicicleta, en el patio del recreo, corriendo como una exhalación, con el dinero de bolsillo sabiamente racionado, con los tebeos de la época, con los amigos, con los juguetes, en la playa durante horas sin salir del agua, en los cines de verano con los ojos dilatados, emocionado la víspera de los Reyes Magos. En el campo, embriagado de olor a paella familiar; reproduciendo mi propia versión de la película de la tarde; en compañía de otros muchos niños y niñas compartiendo juegos en la calle; el sabor de la merienda, anhelada y engullida como sólo un niño que derrocha por todos sus poros una energía inabarcable puede hacerlo: de dos dentelladas a ese bocadillo de mortadela de aceitunas; siento el sol del verano, justo al iniciarse las vacaciones escolares, prometiendo eternidad, tal era el horizonte estival, en esas vacaciones infinitas; pero también recuerdo los estuches dobles, con ese olor a papelería que embriagaba y que te hacía pensar dos veces en qué momento estrenabas la goma de nata; los libros nuevos forrados de plástico, la mochila predestinada a destrozarse en escasas semanas. 
Nostalgia? No lo sé, quizás. Pero no como sinónimo del ayer como mejor que el presente, en absoluto. Nostalgia, simplemente, de una infancia plena y sentida, creo que muy dichosa, en un momento de la vida en que las preocupaciones vitales se limitaban a aprobar los exámenes correspondientes y a correr más deprisa que el niño amenazante y violento de turno. Ser ágil y rápido era sinónimo de integridad física, en una calle repleta de posibilidades, de promesas, asociadas al juego infantil. ¿Competencias básicas o claves? Éramos expertos en ellas. Tener amigos, un grupo numeroso, era lo más natual del mundo. Compartíamos jugando, trabajando a diario en proyectos comunes, mientras no dejábamos de aprender a aprender: todas las horas del día parecían eternas y repletas de posibilidades afines a nuestra curiosidad e inquietudes infantiles, inagotables, eternas; bastaba ponerse manos a la obra para darles contenido, generalmente a través de aventuras imaginadas cuyos desarrollos, imprevisibles, nos ayudaban a aprender a vivir. Recuerdo, como si fuera ayer,  una experiencia con otro niño que redefinió todo mi concepción de la convivencia y ética personal. En medio de una discusión, como tantas otras, descargé una patada que fue a estallar en sus genitales. No era mi propósito y me sorprendió y aterró ver al niño tendido en el suelo, quejándose. Escapé avergonzado de aquella situación y pasaron varios días antes de volver a encontrarme con él, cuando me dirigía, cargado de botellas de vidirio retornable a una de las escasas tiendas del barrio. Sentía que había llegado mi fin pero aquel al que suponía mi enemigo, no se inmutó: "No voy a hacerte nada, porque vas cargado de botellas. Otro día, en que estemos en igualdad, nos enfrentaremos". Y desapareció. Yo acababa de descubrir, en toda su dimensión, la nobleza. La ética personal, que no estaba reñida en absoluto con una buena pelea infantil, tan inevitable y característica de otras décadas. 
Me sorprende pensar que no teníamos nada, apenas, los niños de otra época. La bicicleta era el juguete de lujo acompañada de un palo, a modo de espada o de un tosco antifaz construido con un resto de cuero de la tapiceria correspondiente. Los tebeos y los libros, que cambiaban de mano constantemente hasta deshacerse, la escapada a mundos de fantasía. El dinero de bolsillo, escasisimo, posibilitaba la visita obligada a un kiosko lleno de pequeños tesoros.
Michael Ende se pronunció, en su exitoso libro, La historia interminable, sobre la inquietante amenaza que suponía que la fantasía fuera extinguiéndose, en una infancia que está necesitada de ella. Las tecnologías de la información y comunicación han impuesto una interacción social prácticamente virtual. Y un niño no necesita virtualidades, sino experiencias diarias. Vivir la vida en su cotidianeidad, mirando a los ojos de otros niños. Dos, tres amigos corriendo juntos, escapando de un monstruo imaginado. Aún más amigos compitiendo en una carrera de más que castigadas bicicletas. El contacto de las sabanas tras todo un día de juego, acogedoras para un cuerpo extenuado y para no pocas heridas de batalla, auténticos trofeos en las rodillas. Y de repente recuerdo una pedrada de las que hacen época, justo en la frente. El mejor de tus amigos era el culpable, que seguía siéndolo tras unos cinco minutos de quejas y lamentos. Pues para eso estaban los amigos. Para gozar, divertirse con ellos y también para enfadarse y pelearse con ellos. No hay mejores amigos que aquellos que te acompañan en la extensión de todos esos sentimientos ambivalentes que nos hace humanos. 
Recuerdos que acarician, en vísperas de un otoño que se resiste a hacer acto de presencia. Recuerdos de aquél que fuimos y que nos ha ayudado a ser quien somos. El ayer de nuestras vidas no debería acabarse nunca. 
Un saludo, gracias por leerme. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El sueño del guerrero

El guerrero descabalga muy lentamente, deposita con pereza su escudo, sus armas en el suelo y como un ritual, procede a quitarse una arma...