martes, 13 de septiembre de 2016

Cuando el cine era cine

Dos acontecimientos cinematográficos vinieron a redefinir la concepción comercial de las películas de Hollywood: lo que antes era arte e industria, básicamente se convirtió en industria, con un único objetivo: taquilla y merchandising. El exitoso estreno de Stars Wars, Episodio IV, en 1977 y el fiasco comercial de la
United Artists con el film La puerta del cielo, de Cimino. Esta última hundió comercialmente a la famosa productora, mientras que la 20th Century Fox y el propio George Lucas se hacían de oro con el inicio de una franquicia millonaria. Cimino, fallecido recientemente, encumbrando a los altares de la crítica especializada y el apoyo del público con El cazador, extraordinaria película de 1979, tuvo a su alcance toda la libertad creativa que quiso, así como el presupuesto correspondiente, para La puerta del cielo, pero el público volvió la espalda a una película, que vista hoy, si bien tiene momentos de notable belleza, no dejan de contextualizarse en una narración algo arritmica y lejos de la profundización psicológica de la tragedia absoluta que asolaba a los protagonistas de El Cazador. Diversos remontajes del estudio, antes de su estreno, hasta dejar reducida la película a una duración muy inferior a la del montaje inicial del director (una inicial de cinco horas, otra de 219 minutos rebajados finalmente a 148) incidieron de forma decisiva en la escasa aceptación del público hacia un western triste y melancólico, en el que la alegría de la brillante escena final ha dejado paso, vía elipsis de varias décadas, a la lucha por la mera supervivencia. Es bien sabido lo que supuso para Cimino este fracaso: si bien aún dirigiría algunas películas de forma espaciada, sin excesivo éxito, su carrera quedó absolutamente truncada y en Hollywood se lanzó un áxioma a toda la industria
cinematográfica: "no más superproducciones de autor, enfocadas a los adultos"; el camino a seguir era el iniciado por George Lucas: películas para adolescentes, que abarrotaran las salas de cine el primer fin de semana del estreno. Me resisto a unir al nombre de Lucas el de Spielberg, dada la versatilidad de este último director y su más que brillante estilo narrativo en pantalla, prácticamente en todas sus películas, por más que ambos nombres formen entre sí toda una industria, dentro de Hollywood. El cine de autor en Hollywood prácticamente se extinguió y el progreso imparable de la tecnología digital al servicio de los f/x hizo el resto. Para la historia, esa concepción del cine de David O. Selznick, por poner solamente un ejemplo a recordar: cine comercial, por supuesto, pero cine, sobre todo, entendido como un producto de absoluta calidad, donde el director era la estrella. 
¿Y el resto de las cinematografías? Alguien me decía que hoy día sería impensable una nouvelle vague; o un free cinema; Ingmar Bergman, Tarkovski, Carlos Saura... no tendrían público, simplemente.No el suficiente, desde luego, para asegurar una continuidad en la obra de estos directores. Cabe recordar a Robert Altman, en una magnífica película El juego de Hollywood. Tim Robbins interpreta a un ejecutivo cuyo trabajo se limita a prestar atención a personas que le proponen una mera sinopsis de un posible guión y de su aprobación depende o no si se convierte en proyecto. Algo así como un filtro de meras ideas atendiendo a hipotéticas potencialidades comerciales. Hollywood no es otra cosa, en términos globales. En el caso de España, la comedia de tono grueso, con frecuencia invisible de espectadores, se sucede continuamente. Una cinematografía ajena a la realidad social y económica, así como sociológica en la que Rafael Azcona tejió, sin embargo, unos guiones inolvidables: "Yo solo observo la realidad y la describo", llegó a afirmar.  ¿Por qué tardó décadas en realizarse una película sobre el intento de golpe de Estado el 23F? Un suceso que si hubiera caido en manos de Costa Gavras, en su tiempo, habría resultado, sin duda, una tesis completa sobre la historia de la Transición en España, aquí quedaba reducido a un subproducto sin el menor interés y desconocido para las nuevas generaciones. Misterios insondables, sin duda, de la industria. 
No quiero prolongarme en exceso, en reflexiones que darían para un libro, si bien confieso que qué placentero es escribir a vuela pluma. Tengo, además, una película de Von Stroheim esperándome. Gracias por leerme.


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