martes, 27 de septiembre de 2016

Boris Vian

Cuando estudiaba Bachillerato, tuve la inmensa suerte de aprendes francés con una profesora que mucho antes de hablar de inmersión lingüística en el aula, sabía perfectamente qué hacer para incentivar que todos y todas nos comunicáramos (o al menos hiciéramos intentos continuos) en esta lengua extranjera continuamente. Aún no existía el marco común europeo de referencia para las lenguas, ni nadie usaba la expresión portfolio; las competencias básicas o claves estaban muy lejos. Pero qué capacidad, la de esta señora, para llegar a los/as adolescentes, motivarlos (expresión constante desde el año 1990 en el Sistema Educativo en España) y que éstos adquirieran, finalmente, las capacidades para poder comunicarse en este idioma. Esta señora nos introdujo en la lectura de Jean Paul Sartre (La p... respetuosa), nos descubrió a Brassens, Moustaki y también a Boris Vian, entre otros muchos. 
Un día se presentó en el aula con discos de este último. En uno de ellos el actor y cantante Serge Reggianni interpretaba sus temas y en otro, lo hacía el propio Vian. Escuchar a Boris significaba, entre otros muchos descubrimientos, acceder al  supuesto placer del masoquismo ( Fais Moi Mal Johnny), identificarse con la objeción de conciencia ante la inutilidad de la guerra (Le Déserteur), o llegar a la conclusión de como la bebida era un amnésico universal (Je Bois). De la música, de un modo natural, accedimos al Boris Vian literario, fascinante: La espuma de los días, El otoño en Pekin, La hierba roja, El lobo-hombre (y aquella canción ochentera de La Unión)... Finalizado el curso correspondiente, yo seguía con Boris Vian,  descubriendo sus facetas a través de su biliografía y sorprendiéndome con Escupiré sobre vuestras tumbas, esa novela negra singular y fuente de una leyenda urbana, relacionando la muerte del escritor con el estreno de la adaptación cinematográfica correspondiente, que nunca he visto. Como adolescente, mis energías eran inagotables sobre una bicicleta de carreras, transportando a mis espaldas una mochila con algo de comida, bebida y por supuesto, en aquellos años un libro de Boris Vian, rumbo a la playa. Cualquiera de sus libros era una experiencia en sí misma: gran dominio del lenguaje, abundantes neologismos y situaciones constantes próximas al surrealismo (a recordar la influencia que ejerció sobre él Alfred Jarry y ese libro que a falta de averiguar si ha envejecido bien, debería ser de lectura obligatoria: Ubú, Roi, no solo para los patafísicos). Fantasía imaginativa y verbal, a raudales, que escondían, inevitablemente, en una época marcada por el existencialismo de Sartre, una angustia vital que como es el caso de La espuma de los días, posiblemente su libro más difundido, da pie a un discurso desgarrado, en este caso a través de una fatalista historia de amor. Vian tenía dos grandes pasiones: el amor y el jazz, temas que recorren todas las páginas de esta novela, con constantes referencias a Duke Ellington (basta escribir este nombre y el tema Pyramid se abre paso en mi inconsciente) y de contrastes que ayudan a definir la psicología de sus protagonistas. Al igual que Resnais en El año pasado en Marienbad, lo onírico y lo real se mezclan conformando una realidad paralela penas tangible, donde las fronteras entre aquello que se sueña, se desea y la propia experiencia cotidiana se derrumban para dejar paso a un mundo propio en el que sólo los sentimientos, abundando los fatalistas, justifican a los personajes.
Es obvio lo olvidado que está este polifacético autor. Recuerdo que el paso siguiente literario que di, tras Vian, fue el teatro del absurdo, con Ionesco, omnipresente entre otros muchos y a su vez, tan olvidado. Quizás la realidad diaria supera, a estas alturas y con mucho, al texto de La cantante calva, Pero difícilmente vamos a encontrar un universo literario como el propuesto por Boris Vian, ireemplazable. Si alguien lo ha descubierto en este texto, que se anime y se deje atrapar por La espuma de los días, un libro para disfrutar y rescatar a Vian de un injusto olvido.

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