jueves, 15 de septiembre de 2016

Al son de los tambores

Me levanto, con la somnolencia habitual, me arrastro hasta la cocina y comienza el ritual sempiterno: tostadas, café, afeitado, ducha, vestimenta y contemplar como el telón, de nuevo, se levanta. En mi caso, el escenario puede variar, así como el argumento de la obra; es decir, afortunadamente la monotonía casi nunca está presente sobre el escenario, por más que los diálogos, con frecuencia, tiendan a reiterarse y los actores, si bien muy numerosos, no dejan de ser viejos conocidos. El escenario, los escenarios, se suceden con una soundtrack tan invisible como omnipresente: cuando me expreso verbalmente, noto el crescendo de dicha música; cuando escribo, unos compases se suceden a mi alredor, dramatizando la escena. Y cuando cae el telón, suena toda la orquesta entera, siguiendo mis pasos por la calle, siempre algo cansado, con frecuencia contento, otras no tanto. Y cuando camino, de retorno al hogar protector, para ponerme a salvo, no puedo dejar de reflexionar en que las sociedades, complejas, individualistas, competitivas, a pesar de todo, sobrevivan a diario a sí mismas. Quizás ese paseo constante por la cuerda floja del equilibrista no sea más que ese hábito, tan adquirido e interiorizado por las sociedades, practicado desde nuestros orígenes, en forma de supervivencia, feroz al principio (cabe recordar ese flash back de Kubrick), convencionalmente civilizada, hoy, que insistimos y no cabe otra, en llenar de dicha: necesitamos, anhelamos, sentirnos felices. Recuerdo, que de pequeño, aprender a montar en bicicleta me resultó, por alguna razón incomprensible, dificultoso. Y recuerdo, en uno de esos intentos una voz de adulto terrible, a mis espaldas:  "Pero hombre, tan grande y no saber, ¿no te da verguenza'". Y sí, claro, me daba una verguenza indescriptible, pero seguía insistiendo en mantener el equilibrio, persiguiendo el objetivo de cualquier niño, la plena diversión sobre dos ruedas. Siempre recuerdo a un hombre de edad avanzada, pastor de profesión: "¿Aburrirme?; el campo es mi vida, nunca dejo de aprender, porque intento comprenderlo".
En nuestro trabajo, con los seres queridos, con nuestro círculo de amistades, con la sociedad, en mayor o menor medida. Si lo conseguimos es gracias a nuestro esfuerzo, tesón, capacidad de superación; trazarnos objetivos, llegar a ellos y comenzar otra vez con otros nuevos. El factor suerte siempre estará ahí y si acaso no lo está, nada impide suplirlo con más dosis de perseverancia personal y por supuesto, tiempo. Recuerdo, como opositor, sentando en la eterna silla frente al temario amenazante, me sentía como uno de esos presos estereotipados de Charles Chaplin, con bola y cadena incluida. Pero por otra parte, me satisfacía pensar que perseguía un objetivo y que iba a conseguirlo, aunque la silla se desgastara y el temario se deshaciera en pedazos, de tanto uso. Escenarios, música e imitaciones diarias del famoso funámbulo  Philippe Petit. Pero hagamos llevadero ese desafío diario: que el paseo de una Torre a otra, tenga siempre, esperándonos, un objetivo al final de cada una de ellas. Y que mientras el paseo dure, no dejemos de contemplar la belleza del paisaje.
Un placer, gracias por leerme. 
 

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